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La nueva película del director de La Grande Bellezza que convierte el poder en un dilema íntimo

Un presidente en el final de su mandato enfrenta decisiones que van más allá de la política. Entre la fe, la moral y los vínculos personales, esta historia propone algo distinto: mirar el poder desde adentro.

Cuando el final del poder es también el inicio de las preguntas

No todas las historias políticas hablan de elecciones, discursos o estrategias. Algunas empiezan cuando todo eso ya quedó atrás.

Así se presenta La Grazia, la nueva obra del director Paolo Sorrentino, ganador del Oscar por La Grande Bellezza. Pero esta vez, el foco no está en el espectáculo del poder, sino en lo que queda cuando ese poder empieza a desvanecerse.

El protagonista es Mariano De Santis, interpretado por Toni Servillo, un presidente ficticio que se acerca al final de su mandato. No hay euforia ni épica. Hay dudas.

Y cada una pesa más que la anterior.

En lugar de construir un relato político tradicional, la película opta por una mirada introspectiva. ¿Qué significa decidir por otros cuando ya no hay margen para el error? ¿Qué queda del poder cuando se enfrenta a lo inevitable?

Una encrucijada moral donde lo personal pesa más que lo público

A medida que avanza la historia, las decisiones que enfrenta De Santis dejan de ser únicamente institucionales. La política se mezcla con lo íntimo, y los dilemas adquieren una dimensión mucho más compleja.

Uno de los ejes centrales es la eutanasia, abordada no como un tema abstracto, sino como una cuestión profundamente humana. La fe, por otro lado, aparece como contrapunto: no como respuesta, sino como tensión constante.

En ese escenario, la figura de su hija, Dorotea, se vuelve clave.

Ella no solo acompaña, sino que también confronta. Funciona como espejo y como límite, obligando al protagonista a revisar sus convicciones en un momento donde cada decisión tiene consecuencias irreversibles.

La película no ofrece soluciones fáciles. Y tampoco parece interesada en hacerlo.

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© MUBI

El sello de Sorrentino: estética, silencio y emoción contenida

Quienes conocen el cine de Sorrentino reconocerán rápidamente su estilo. Pero en La Grazia, ese lenguaje visual adquiere un tono más contenido.

Menos exceso. Más pausa.

La puesta en escena mantiene esa estética poética que caracteriza al director, pero la utiliza para acompañar un relato más íntimo. Los silencios dicen tanto como los diálogos, y cada encuadre parece pensado para reforzar la fragilidad emocional del protagonista.

No es una película que busque impactar con grandes giros, sino con pequeñas revelaciones.

Con momentos.

Con decisiones que, aunque silenciosas, resultan determinantes.

Una fábula política que mira más allá del poder

Definir La Grazia como una simple película política sería quedarse corto. Es, más bien, una fábula sobre el legado, la conciencia y los límites de la autoridad.

La historia plantea una idea incómoda: que incluso quienes tienen el mayor poder posible siguen siendo profundamente vulnerables.

Y que, llegado cierto punto, las decisiones más difíciles no tienen que ver con gobernar… sino con aceptar.

Estrenada el 19 de marzo de 2026, la película se posiciona como una de las propuestas más reflexivas del año. No busca agradar a todos, pero sí dejar una marca.

De esas que no se olvidan rápido.

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© MUBI

Por qué esta película puede ser distinta a lo que esperás

En un panorama dominado por historias aceleradas, La Grazia apuesta por lo contrario: detenerse.

Mirar.

Pensar.

No ofrece respuestas cerradas ni resoluciones cómodas. Lo que propone es un recorrido emocional por la mente de alguien que lo tuvo todo… y ahora debe enfrentarse a lo único que no puede controlar.

Porque al final, el poder no define a una persona.

Pero sus decisiones, sí.

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