La polémica alrededor del final de Stranger Things no se enfría. Al contrario: cuanto más tiempo pasa desde el estreno, más capas de análisis, sospechas y teorías aparecen en redes. La última gira en torno a una acusación delicada: que los hermanos Duffer habrían utilizado ChatGPT para escribir el desenlace de la serie. Una narrativa nacida de un fotograma borroso y amplificada por la frustración de parte del fandom. Ahora, la directora del documental sobre la producción de la temporada final ha salido a responder. Y, aunque su intención era zanjar el asunto, ha conseguido exactamente lo contrario.
Todo empezó con One Last Adventure, el documental que acompaña el cierre de la serie. En una escena concreta, algunos espectadores aseguran ver una pestaña de ChatGPT abierta en el navegador de uno de los Duffer mientras trabajan en el guion. No hay confirmación visual clara, ni pruebas concluyentes, pero eso no ha impedido que la teoría se viralice. Para un sector del público, el uso de IA explicaría decisiones narrativas que consideran pobres, forzadas o incoherentes. Incluso hay quien fantasea con la existencia de un “final secreto” que Netflix aún no habría mostrado.
En este contexto, The Hollywood Reporter entrevistó a Martina Radwan, directora del documental, y le preguntó directamente por el tema. Su respuesta fue, en esencia, un no. Radwan asegura que nunca presenció un uso de ChatGPT para escribir el guion y que lo que vio en la sala de guionistas fueron intercambios creativos, debates y desarrollo de ideas, no a personas “sentadas escribiendo con un chatbot”.
Hasta ahí, la desmentida parece clara. El problema es el camino que toma para llegar a ella.
Radwan cuestiona primero si realmente había una pestaña de ChatGPT abierta y sugiere que en redes se está asumiendo demasiado con muy poca información. Pero acto seguido lanza una frase que ha encendido aún más la discusión: “¿No lo tiene todo el mundo abierto, para hacer búsquedas rápidas?”. Una afirmación que, lejos de normalizar la situación, ha sido interpretada por muchos como una admisión implícita de que la herramienta sí forma parte del entorno de trabajo habitual.
La directora insiste en que no se puede escribir una historia con 19 personajes usando ChatGPT, que la sala de guionistas es un espacio de conversación, de ida y vuelta creativo, y que la gente tiene una idea equivocada de cómo se construyen las series. Pero el daño ya estaba hecho. Para quienes ya sospechaban, la idea de que “todo el mundo lo tiene abierto” no tranquiliza, sino que refuerza la sensación de que la IA está más presente de lo que se admite.
La cuestión de fondo va más allá de Stranger Things. La industria audiovisual lleva meses en tensión por el papel de la inteligencia artificial. Las huelgas de guionistas y actores en 2023 pusieron el tema sobre la mesa: el miedo no es solo a que la IA escriba, sino a que se convierta en una herramienta que diluya autoría, precarice procesos y transforme la creación en algo más industrial que artístico.
En ese contexto, cualquier sospecha se magnifica. No importa tanto si los Duffer usaron o no ChatGPT —algo que, a día de hoy, no está demostrado—, sino lo que representa la posibilidad. Para muchos fans, el final de la serie ya era decepcionante. La idea de que una máquina haya intervenido se convierte en un catalizador perfecto para canalizar esa frustración.
Radwan defiende con vehemencia la integridad creativa del equipo y describe la experiencia en la sala de guionistas como un privilegio. Habla de intercambio humano, de ideas que van y vienen, de procesos orgánicos. Pero también deja claro que la tecnología forma parte del entorno de trabajo, como lo es un teléfono móvil o un navegador abierto. Y ahí es donde el discurso se vuelve incómodo.
Porque aunque ella niegue un uso “no ético” de la IA, la frontera entre investigar, inspirarse y delegar empieza a difuminarse en la percepción pública. Y en un momento en el que la confianza en los procesos creativos de Hollywood ya está erosionada, esa ambigüedad no ayuda.
Los hermanos Duffer no han hecho declaraciones directas sobre este asunto. Y, siendo realistas, aunque lo hicieran, es poco probable que convencieran a los sectores más conspirativos del fandom. Cuando una narrativa prende, especialmente en comunidades apasionadas, desmentirla es casi tan difícil como alimentarla.
Al final, lo que queda es una sensación incómoda: no sabemos si ChatGPT estuvo ahí, pero sí sabemos que la sospecha ya forma parte del relato que rodea a Stranger Things. Y en una serie que siempre jugó con lo oculto, lo que no se ve y lo que se intuye, quizá ese sea el epílogo más irónico de todos.