Hay cuentos infantiles que jamás intentaron ser completamente tiernos. Historias que, detrás de la fantasía y el humor extraño, escondían algo incómodo, grotesco y hasta ligeramente aterrador para quienes las descubrían de niños.
Roald Dahl siempre entendió perfectamente cómo jugar con esa sensación.
Y pocas obras representan mejor ese equilibrio perturbador que Las Brujas.
La nueva adaptación cinematográfica, dirigida por Robert Zemeckis, recupera la clásica historia sobre un niño huérfano y su abuela que terminan descubriendo una reunión secreta de brujas escondidas detrás de una apariencia elegante y sofisticada.
Pero aquí Las brujas no vuelan en escobas ni viven en castillos oscuros.
Se mezclan entre personas normales.
Usan vestidos glamorosos.
Hablan con encanto.
Y odian profundamente a los niños.
La película transforma un hotel aparentemente lujoso y tranquilo en el escenario de una conspiración monstruosa liderada por la temible Gran Bruja, interpretada por Anne Hathaway.
Y honestamente, pocas veces Hathaway se vio tan extrañamente aterradora.
Anne Hathaway convierte a la Gran Bruja en algo mucho más inquietante
Uno de los aspectos más interesantes de esta nueva versión de Las brujas(The Witches) es cómo abraza completamente el tono grotesco del libro original.
La Gran Bruja nunca fue una villana tradicional de cuentos infantiles. No busca dominar el mundo ni conquistar reinos mágicos. Su objetivo es muchísimo más simple y extraño: eliminar niños convirtiéndolos en ratones.
Y precisamente por eso resulta tan perturbadora.
Anne Hathaway interpreta al personaje con una mezcla constante de elegancia artificial, exageración teatral y agresividad apenas contenida. Cada escena transmite la sensación de que algo monstruoso está intentando esconderse debajo de una máscara perfectamente construida.
Porque las brujas de Roald Dahl funcionan exactamente así.
Parecen sofisticadas. Refinadas. Casi encantadoras.
Hasta que uno descubre quiénes son realmente.
La película aprovecha muchísimo esa dualidad visual. Hoteles elegantes, banquetes lujosos y ambientes refinados empiezan lentamente a deformarse mientras el protagonista comprende que está rodeado de criaturas capaces de hacer cosas horribles con una sonrisa en el rostro.
Y ahí es donde la historia se vuelve particularmente incómoda para muchos espectadores.
Porque Las Brujas nunca trató a los niños como espectadores ingenuos. Siempre asumió que podían enfrentarse a imágenes extrañas, momentos oscuros y personajes genuinamente aterradores.

Robert Zemeckis transforma un cuento infantil en una fantasía grotesca
La elección de Robert Zemeckis también resulta bastante lógica cuando se observa el tono de la película.
A lo largo de su carrera, Zemeckis demostró repetidamente cierta fascinación por mezclar fantasía, tecnología visual y mundos ligeramente deformados. Y Las Brujas parece encajar perfectamente dentro de esa sensibilidad.
La película juega constantemente con transformaciones físicas exageradas, criaturas extrañas y una atmósfera donde todo parece apenas fuera de lugar. Como si el mundo normal escondiera algo incorrecto detrás de cada puerta elegante del hotel.
Pero debajo del espectáculo visual también aparece algo bastante fiel al espíritu del libro original: el miedo infantil a los adultos.
Las brujas representan precisamente eso. Personas mayores aparentemente respetables que, lejos de proteger niños, desean deshacerse de ellos. Esa inversión de confianza es lo que vuelve tan poderosa la historia incluso décadas después de haber sido escrita.
Y la idea de convertir niños en ratones sigue siendo sorprendentemente efectiva.
Porque no se trata solamente de magia. Se trata de quitarles completamente el control, la voz y la identidad.
La película entiende bastante bien esa incomodidad.
El extraño encanto de las historias infantiles que realmente daban miedo
En una época donde muchas películas familiares intentan suavizar absolutamente todo, Las Brujas mantiene parte de ese espíritu incómodo que hacía tan especiales varias historias infantiles clásicas.
No intenta ser completamente segura.
Ni completamente dulce.
Y probablemente ahí está gran parte de su encanto.
La historia mezcla humor absurdo, criaturas grotescas y momentos genuinamente oscuros dentro de una estructura que sigue funcionando como aventura fantástica para toda la familia. Pero siempre existe una sensación permanente de peligro real.
Porque las consecuencias dentro de este mundo sí importan.
Los personajes sufren transformaciones horribles. Las amenazas son serias. Y la Gran Bruja transmite una presencia mucho más agresiva y aterradora de lo habitual para una película familiar moderna.
Eso convierte a Las Brujas en algo bastante distinto dentro del cine fantástico actual.
No busca únicamente entretener.
También quiere incomodar un poco.
Tal como hacía Roald Dahl desde el principio.