A principios de diciembre, McDonald’s Países Bajos presentó un anuncio de Navidad creado con herramientas de generación por IA. Era su gran apuesta para seguir los pasos de Coca-Cola y experimentar con un formato que, sobre el papel, prometía ahorrar tiempo y ofrecer resultados “creativos”. El problema es que el spot era… difícil de ver.
Las imágenes tenían ese brillo inquietante tan propio de la IA: manos deformadas, expresiones rígidas, texturas extrañas. Intentaba mostrar situaciones navideñas caóticas con un toque humorístico, pero la ejecución se acercaba más a un sueño febril que a una campaña de comida rápida. En pocas horas, las redes se llenaron de burlas.
Primero llegó el bloqueo de comentarios. Después, el silencio. Finalmente, McDonald’s hizo lo inevitable: borró el anuncio de todas sus cuentas oficiales.
Pero lo mejor –o lo peor– aún estaba por llegar.
El estudio detrás del anuncio explicó su proceso. Y lo borró también
Sweetshop, la productora responsable del anuncio, publicó un extenso comunicado describiendo lo que había sido el proyecto. Parecía un making-of de una superproducción, pero aplicado a un anuncio de 30 segundos que todo Internet estaba ridiculizando.
Según la empresa, trabajaron siete semanas casi sin dormir, con un equipo de hasta diez especialistas en IA y postproducción encadenando herramientas avanzadas: estilo-transfer, reparación de píxeles, control nets, modelos propios LoRA, miles de iteraciones por plano, y remates finales en Flame.
El texto defendía que aquello “no era un truco de IA, sino cine”.
El público no estuvo de acuerdo.
El comunicado también desapareció horas después.
El debate que deja atrás: ¿vale la pena todo esto?
Paradójicamente, el anuncio terminó siendo un ejemplo perfecto de lo que muchos críticos temen que ocurra cuando las marcas abrazan la IA sin frenos: resultados que parecen baratos, pero que en realidad consumen recursos absurdos, alienan al público y generan una estética artificial imposible de maquillar.
Porque el dato más llamativo es justamente ese: fue más costoso, lento y complejo que grabar un anuncio real.
Una pequeña producción tradicional habría requerido un par de días de rodaje, algunos actores, iluminación básica y un equipo de edición trabajando con material estable. En cambio, la campaña IA terminó convertida en una sucesión interminable de iteraciones, retoques, arreglos y capas de corrección.
Y aun así, el resultado final se veía peor que un vídeo amateur hecho con un móvil.
Una lección inesperada para la industria
La retirada del anuncio de McDonald’s se suma a una oleada de campañas generadas con IA que se vuelven virales por motivos que ninguna marca desea: cuerpos deformados, escenas incoherentes, estética uncanny valley y la impresión de que se sustituye talento humano por experimentos dudosos.
El caso es tan llamativo porque demuestra justo lo contrario de lo que se suele argumentar: no siempre la IA abarata, ni acelera, ni mejora la producción. A veces la complica hasta el absurdo.
Mientras tanto, los usuarios siguen compartiendo el spot resubido por terceros, convirtiéndolo en un fenómeno que ni McDonald’s ni Sweetshop podrán borrar del todo.
¿La ironía final? Un anuncio que buscaba parecer moderno acabó recordándonos que, en 2024, nada envejece más rápido que un experimento mal hecho con IA.