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Beastro convierte el sabor en poder: estrategia, cocina y fantasía en un solo juego

Un juego de cartas y estrategia se apoya en recetas, sabores y espíritus culinarios para construir su identidad. No es solo cozy ni solo combativo, y justo ahí está su encanto.

Algunos videojuegos encuentran su personalidad en la acción pura; otros, en las grandes historias épicas. Este, en cambio, apuesta por algo mucho más cotidiano: preparar comida. Beastro toma elementos de los deck builders, los mezcla con criaturas fantásticas y los sirve en un mundo donde los sabores importan tanto como las decisiones tácticas. La premisa parece extraña al principio, pero rápidamente se convierte en su principal gancho: aquí la magia se cocina, literalmente.

Un mundo organizado por sabores, con regiones que cuentan historias propias

El universo de Beastro no se divide solo en mapas o climas, sino en sabores. Amargo, salado, ácido, dulce y umami sirven como base para construir culturas, biomas y criaturas con identidad visual clara. Cada territorio tiene tonos, costumbres y formas de entender la comida que condicionan a sus habitantes y su manera de relacionarse con el poder.

A lo largo de cuatro capítulos, el jugador recorre estos biomas mientras enfrenta una invasión procedente de otro plano. Los espíritus del sabor —entidades ligadas a los ingredientes y las recetas— están amenazados, y protegerlos se convierte en el centro de la aventura. El viaje comienza en zonas asociadas al umami, con paisajes dominados por hongos, humedad y vegetación espesa, donde la tierra y los tonos profundos marcan el ambiente general.

Este enfoque permite que cada región se sienta diferente sin recurrir siempre a los mismos tópicos fantásticos. Las diferencias no solo se ven: también se juegan y se prueban en el plato, porque el origen de un personaje influye directamente en qué sabores lo fortalecen.

Los Caretakers: héroes hambrientos y motivaciones cruzadas

La llegada de los monstruos altera el equilibrio del mundo, y los distintos territorios envían a sus representantes: los Caretakers. Son guardianes vinculados a cada sabor, con metas personales y visiones distintas de lo que significa “salvar” su tierra. Están preparados para luchar, pero comparten un detalle muy humano: sin comida, no hay batalla posible.

El pequeño pueblo de Palo Pori se convierte entonces en punto de encuentro. Allí trabaja Panko, el chef que, con la ayuda del dios del fuego Flambé, prepara platos capaces de activar el poder oculto de los espíritus del sabor. Las comidas no solo alimentan; desbloquean habilidades que se traducen en enfrentamientos estratégicos mediante cartas.

Cada Caretaker llega con su propio impulso: algunos buscan proteger a criaturas incapaces de combatir, otros quieren demostrar que su facción es esencial para mantener el equilibrio del mundo. Entre ellos destaca una figura procedente del dominio del amargo, obsesionada con demostrar que ese sabor, muchas veces rechazado, es también fuente de fuerza y curación. Su preferencia por ingredientes intensos se refleja en mecánicas asociadas a resistencia y efectos que muchos jugadores quizá no elegirían de primeras.

Este elenco funciona sin necesidad de largos discursos porque se define a través de acciones: qué comen, cómo luchan y qué esperan conseguir con ello.

Cocinar para luchar: cuando la estrategia empieza en la mesa

En Beastro, la cocina no es decoración, es mecánica central. Palo Pori y su restaurante se basan en una idea clara: del entorno a la mesa. Ingredientes pescados, recolectados o cultivados sirven para preparar menús que fortalecen a los Caretakers antes de volver al combate.

La preparación se realiza mediante minijuegos en los que se saltea, corta, hierve, asa o combina ingredientes. Cada gesto va moldeando un perfil de sabor y, al mismo tiempo, una serie de efectos mágicos que se traducen en cartas jugables. El sistema de “mise en place” permite elegir y colocar los ingredientes adecuados para construir el plato ideal, equilibrando gusto, potencia y efectos secundarios.

No se trata solo de escoger lo más fuerte, sino de comprender cómo interactúa cada ingrediente. Algunos tienen niveles de poder específicos, otros activan habilidades inesperadas y, combinados, dan lugar a mazos con sinergias únicas. La progresión es tan culinaria como estratégica: descubrir nuevas mezclas abre caminos distintos para afrontar enemigos cada vez más exigentes.

Cada partida se convierte así en un experimento: probar sabores, ajustar recetas y ver cómo eso cambia la forma de luchar. La cocina deja de ser un simple telón de fondo para convertirse en el verdadero motor del juego.

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