Saltar al contenido

Kirby Air Riders: aquí está nuestra reseña

La frenética carrera del pequeño héroe rosado muestra su simpleza sin tapujos.

Sacude Kirby Air Riders dentro de una botella de dos litros y ábrela sobre mi cara. Un estallido de color, velocidad y un encantador sinsentido me golpea a 200 millas por hora. Es un juego con tanta prisa que te hará desear un botón de aceleración tradicional—como en cualquier otro título de carreras—solo para poder elegir no presionarlo.

Y bajo su cascada azucarada de personajes seleccionables, vehículos con diferencias significativas, modos de juego distintos y combinaciones infinitas de potenciadores, el juego intenta seducirte para que creas que debe ser profundo. ¿Cómo algo con tantas piezas en movimiento no lo sería?

Es la misma confianza que transmite un comercial de Snickers: todas esas capas, el caramelo estirándose, los cacahuates cayendo en cámara lenta, la sección transversal de turrón y chocolate presentada como si fuera un corte de la Tierra misma. “Snickers satisface de verdad”, dicen, y por un momento podrías creer que puede reemplazar una comida.

Pero no puede. Y no deberíamos fingir que sí. Kirby Air Riders no es profundo; es un caramelo. Por suerte, a mí me gustan los caramelos.

Ya sea que juegues en el modo estándar Air Ride o rebotando como pinball dentro de la ciudad laberíntica de City Trial, lo mismo se vuelve evidente casi de inmediato: este juego es un deleite absoluto en el momento. Rick el Hámster se me adelanta como si estuviera haciendo los mandados más importantes de su vida. King Dedede se lanza contra los enemigos como si le debieran la renta.

Los vehículos varían muchísimo. Algunos vuelan con una facilidad que parece trampa. Otros nunca dejan el suelo y existen solo para arrollar cualquier cosa con la mala suerte de cruzarse en su camino. Una máquina se niega a girar a menos que te detengas por completo y la pivotes como un sillón atascado en una escalera con cohetes pegados a los cojines. Eliges tu vehículo, ajustas tus aterrizajes, sigues la estela de otro corredor para obtener un impulso. Estás tomando decisiones… solo que no siempre al ritmo que el juego te impone.

La propulsión constante de Air Ride significa que la mitad de la carrera sucede antes de que puedas participar conscientemente. Chocas contra enemigos sin querer, recoges objetos que no sabías que existían y cruzas la meta porque tu propio impulso te llevó cinco segundos antes que tus intenciones. Las pistas no presentan información: te la arrojan como una piñata explotando en tu cara. Paredes, enemigos, objetos, corredores… todo pasa zumbando más rápido de lo que tu cerebro logra procesar. A veces ni siquiera siento que compito contra otros; simplemente corro mi propio maratón de Kirby esperando que el juego me toque el hombro al final y diga: “Sí, claro, ¡ganaste!”

Diseño Sin Título (16)
© Nintendo

City Trial debería ser el momento en el que todo este caos se convierte finalmente en estructura. Cinco minutos en una ciudad enorme llena de cajas, potenciadores, eventos aleatorios y vehículos estacionados como carritos abandonados: suena como el lugar donde tus decisiones por fin importarían. El modo en el que la barra de chocolate revela su proteína oculta. Sin embargo, en la práctica, estoy más bien corriendo hacia cualquier objeto brillante que atrape mi atención como un mapache descontrolado suelto en un arcade.

Cada partida empieza igual: aparezco, veo un enorme ícono de estadísticas reluciendo, y lo persigo sin pensarlo. Rompo cajas para obtener mejoras que tal vez ni siquiera necesite, como cuando abría sobres de Pokémon. Cambio de vehículo por impulso: ¿quiero aplastar jugadores o correr recogiendo oro? Algunos de los mejores momentos ocurren cuando accidentalmente tomo un objeto que arma mi vehículo con un bazuca justo cuando otro jugador aparece en pantalla. Todo se siente impulsivo y reactivo, más accidente delicioso que estrategia.

Luego el temporizador expira, y se revela la otra mitad de City Trial.

No importa qué haya construido—un velocista, un maestro del vuelo, un gremlin del combate—el evento final, el Stadium, siempre consiste en elegir el desafío que favorece los números que obtuve por accidente. ¿Terminé con una máquina voladora? Elijo “llega lo más lejos posible”. ¿Quedé atrapado con un ladrillo con volante? A estrellarme contra cosas. No es estrategia; es escoger la actividad que mejor combina con el atuendo con el que apareciste sin querer.

Lo más extraño es que todos hacen ese mismo cálculo al mismo tiempo. Nos dispersamos hacia finales distintos, hechos a medida para nuestras mezclas improvisadas. Mi amigo y yo podemos pasar cinco minutos en el mismo City Trial, separarnos en eventos completamente diferentes y aun así terminar agarrando trofeos de primer lugar como si hubiéramos asistido a competencias distintas dentro del mismo festival. La victoria se esfuma rápido para cualquiera que olvide presionar el botón de captura de pantalla.

Digo “efímera” porque el juego casi no reconoce nada de eso. Tu personaje devora con entusiasmo el centro de la pantalla mientras un marcador diminuto al costado revela la verdad: otro momento engullido sin pensarlo, solo un dulce más que Kirby traga antes de pasar al siguiente.

Su apetito es insaciable.

El mío no.

Kirby puede devorar momentos enteros sin preocuparse por lo que viene después; yo empiezo a notar la repetición mucho antes. Y City Trial, pese a sus momentos dignos de clip, revela sus límites rápido. La misma carrera hacia íconos gigantes, el mismo acoso a cualquiera que rebote en mi mira. Las partidas se mezclan como M&M de colores distintos. Si experimento el “caos” exactamente igual cada vez, ¿sigue siendo caos? No. Es solo caramelo.

Tras horas intentando saborear la manguera a presión de contenido disparada a mi cara, Top Ride es el primer modo que, con educación, me entrega un plato y me invita a apreciar realmente lo que ocurre. Top Ride parece, a primera vista, el típico modo pequeño que muchos ignorarían. Pero en la práctica, es una parte sorprendentemente atractiva de Air Riders.

Revela que el caos de los otros modos nunca fue incomprensible. Solo era ruidoso. Air Riders arroja tanta información llamativa que te engaña haciéndote sentir abrumado, aunque la mayoría realmente no importa. Top Ride solo aleja la cámara y lo demuestra. Con un poco de distancia, todo se vuelve legible.

Diseño Sin Título (17)
© Nintendo

A diferencia de los otros modos, en Top Ride ves a todos los corredores a la vez. Causa y efecto—normalmente enterrados bajo el espectáculo—se vuelven claros. Si fallas un derrape, el castigo es inmediato. Si tomas una línea más limpia, ves tu ventaja crecer en tiempo real. Mantiene el mismo sistema de movimiento basado en propulsión, pero ahora la información llega a un ritmo humano. Y con esa claridad aparece algo que el resto del juego rara vez ofrece: la sensación de que puedo aprender, mejorar y moldear la próxima partida con decisiones reales en lugar de limitarme a sobrevivir a la avalancha.

Road Trip intenta convertir una muestra de los minijuegos tipo Stadium en un roguelike para un solo jugador. Cada minijuego otorga una mejora de estadísticas, pero en todas mis partidas, las mejoras escalan tan uniformemente que el placer de crear una construcción específica se diluye en una experiencia donde todo sube al mismo tiempo. Las elecciones no abren caminos; simplemente guían suavemente hacia una victoria casi garantizada contra CPU sin oportunidad real.

De vez en cuando Road Trip premia al jugador con una escena cinematográfica cuyos valores de producción superan por completo lo que uno imagina. Su melodrama podría hacerte pensar que la historia es misteriosa y caótica, pero en realidad es un cuento simple de bien contra mal. Encantador, divertido, y poco más que un dulce adicional.

Air Riders también incluye una herramienta de personalización que permite decorar los vehículos con calcomanías y sombreros ridículos. La creación más descargada en línea durante un tiempo fue una Warp Star que parecía un Chef Kawasaki en bikini. Yo descargué un vehículo cuadrado idéntico a Bob Esponja. Delicioso.

Una sola captura de una máquina personalizada puede convencerte de que Air Riders “tiene el estilo”, el sabor, la esencia—o cualquier palabra de internet que hoy signifique “me gusta”. Pero la misma intensidad de refresco agitado que define Air Riders garantiza que toda creación amorosa se vuelva un borrón en cuanto empieza la carrera. Los personajes son diminutos. Otros jugadores aparecen y desaparecen. Nunca he notado un diseño personalizado en el juego real, y temo que mi Bob Esponja sea solo una mancha amarillenta para el resto.

Hay un talento indiscutible aquí: risas con Rick el Hámster usando sombrero vaquero, picos de emoción cuando Knuckle Joe noquea a Marx, ese engendro alado. Pero Kirby Air Riders no es profundo. No es sustancial. Nunca será el banquete que sus tráilers o clips cuidadosamente editados quieren que creas. Kirby, esa criatura divina, puede inhalar una partida entera y caminar hacia la siguiente sin preguntarse qué acaba de comer. Yo puedo disfrutar la emoción, pero no vivir dentro de ella como él. Después de una hora o dos, el efecto se desvanece, la repetición se instala y termino deseando algo que permita acumular habilidad o construir entendimiento, en vez de simplemente enseñarme a procesar la pantalla más rápido.

Después de suficientes horas, he aprendido a dejar de esperar que el juego se convierta en una comida… y simplemente disfrutar la fuente gaseosa que realmente es.

Este artículo ha sido traducido de Kotaku US por Mateo Lucio. Aquí podrás encontrar la versión original.

You May Also Like