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La moda en Roblox que genera risas en redes y preocupación entre especialistas

Videos de niños frustrados frente a la pantalla se multiplican en redes sociales y despiertan una alarma silenciosa. Detrás de un juego viral de Roblox, especialistas advierten sobre riesgos emocionales que muchos adultos están pasando por alto.

En TikTok, Instagram y otras plataformas, una escena se repite cada vez con más frecuencia: niños llorando desconsoladamente frente a una pantalla, gritando de frustración o reaccionando con enojo tras perder una partida. A simple vista, podría parecer una rabieta más. Pero cuando esas reacciones se vuelven virales —y en algunos casos son grabadas y compartidas por los propios padres— la situación empieza a incomodar.

No se trata solo de perder un juego. Tampoco de una reacción aislada. Lo que inquieta a especialistas es la normalización de estas escenas y la trivialización del impacto emocional que ciertos contenidos digitales pueden tener en los más chicos. En el centro de esta tendencia aparece una plataforma conocida por casi todos los niños: Roblox.

Y dentro de ella, un juego que se volvió omnipresente en los últimos meses.

El fenómeno viral que atrapa a miles de niños durante horas

Roblox lleva años consolidándose como uno de los espacios digitales favoritos entre niños y adolescentes. Su propuesta abierta, donde los propios usuarios crean mundos y juegos, lo convierte en un entorno dinámico y en constante cambio. Pero esa misma flexibilidad es la que permite que ciertos contenidos se viralicen sin demasiado control.

Uno de los casos más recientes es Steal a Brainrots, un juego que combina humor absurdo, personajes estrafalarios y mecánicas simples que invitan a jugar una y otra vez. Figuras con nombres tan llamativos como Tralalero Tralala, Ballerina Capuchina, Cappuccino Assassino o la Vacca Saturno Saturnita forman parte de un universo que parece inofensivo, casi caricaturesco.

Sin embargo, detrás de esa estética caótica y aparentemente divertida, se esconden dinámicas que pueden generar altos niveles de frustración. El juego se basa en la competencia constante, la pérdida de objetos digitales y bromas pesadas que, para un adulto, pueden resultar irrelevantes, pero que para un niño adquieren un peso emocional real.

La repetición, la presión por ganar y la exposición prolongada hacen el resto.

Diseño Sin Título (72)
© W&W

Cuando el juego deja de ser solo juego

Para muchos padres, ver a un hijo llorar por un videojuego puede parecer exagerado o incluso gracioso. De hecho, no son pocos los videos que circulan en redes acompañados de risas, música irónica o comentarios que minimizan la situación. Pero especialistas advierten que ese enfoque puede ser peligroso.

La psicóloga Diana Bances, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), señala que estas reacciones no deberían ser ignoradas ni ridiculizadas. Según explica, cuando un niño expresa frustración intensa frente a un estímulo digital, está manifestando emociones genuinas que aún no sabe regular por sí mismo.

Normalizar ese malestar (o peor aún, exponerlo públicamente) puede enviar un mensaje confuso: que sus emociones no son importantes o que el sufrimiento es parte inevitable del entretenimiento. Además, la dinámica de algunos juegos fomenta conductas impulsivas, ansiedad por recompensa inmediata y dificultad para tolerar la pérdida.

El problema no es Roblox en sí, ni un título puntual, sino la falta de acompañamiento adulto en la experiencia digital de los menores.

Acompañar, regular y poner límites en la vida digital

Uno de los puntos clave que destacan los especialistas es la necesidad de que los adultos se involucren activamente en lo que consumen los niños en internet. Conocer los juegos, observar cómo reaccionan, cuánto tiempo pasan frente a la pantalla y qué emociones despiertan esas experiencias es fundamental.

Bances subraya que no se trata de prohibir sin explicación, sino de generar espacios de diálogo. Preguntar qué sienten cuando juegan, qué les gusta y qué los enoja puede ayudar a detectar señales de alerta a tiempo. También recomienda establecer límites claros de uso, fomentar pausas y ofrecer alternativas de ocio fuera de la pantalla.

Otro aspecto crítico es el rol de las redes sociales. Grabar y publicar momentos de angustia infantil no solo vulnera la intimidad de los niños, sino que refuerza una cultura donde el malestar se convierte en contenido. A largo plazo, esto puede afectar la autoestima y la forma en que los chicos aprenden a gestionar sus emociones.

La vida digital ya es parte del crecimiento. La diferencia está en cómo se la acompaña.

Más allá del juego viral

El caso de Steal a Brainrots funciona como un espejo de algo más amplio: la dificultad de muchos adultos para dimensionar el impacto emocional del entorno digital en la infancia. Lo que para un mayor es solo un juego absurdo, para un niño puede ser una experiencia intensa, frustrante y difícil de procesar.

Reconocer esas emociones, validarlas y guiar a los menores en el uso saludable de la tecnología no es una exageración, sino una responsabilidad. Porque cuando el llanto frente a una pantalla se vuelve recurrente, ya no es solo parte del juego: es una señal que merece atención.

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