Netflix se prepara para despedir Stranger Things, su buque insignia. Un evento televisivo comparable a los finales de Juego de Tronos o Perdidos. Sin embargo, esta conversación sobre cierres históricos obliga a mirar atrás hacia otra ficción que marcó un antes y un después en la plataforma.
Una serie que terminó hace cinco años, que fue celebrada por crítica y público, pero que el paso del tiempo ha ido enterrando bajo capas de estrenos, algoritmos y modas pasajeras. Esa serie es BoJack Horseman, probablemente la producción animada más sobresaliente que ha salido del catálogo del gigante del streaming.

BoJack no solo destacó entre las ficciones animadas. También logró posicionarse entre las mejores series originales de Netflix. Su primera temporada —más modesta en recepción— dio paso a un ascenso meteórico. Sus siguientes entregas alcanzaron puntuaciones casi perfectas en la crítica especializada: 100%, 100%, 97%, 98% y 96%. Un crecimiento que pocas producciones han podido replicar en la última década.
La ficción creada por Raphael Bob-Waksberg ofreció algo que rara vez se encuentra en un mercado saturado: un enfoque crudo, inteligente y profundamente humano sobre la depresión, la fama, la culpa y la búsqueda de sentido. Todo envuelto en un universo animado que, lejos de suavizar el golpe emocional, lo intensificaba. La serie combinó humor absurdo con reflexiones dolorosas, y lo hizo con una honestidad que desarmó a espectadores de todo el mundo.
Dentro del terreno animado, BoJack Horseman ocupa un lugar privilegiado. Según encuestas recientes, se sitúa entre las mejores series de su década solo por detrás de gigantes como Ataque a los Titanes, Demon Slayer, Rick y Morty y Gravity Falls. Su influencia es evidente. Definió un estándar para la animación adulta al demostrar que podía abordar temas complejos sin perder identidad artística.

La historia se centra en un caballo antropomorfo que, en los años 90, fue una superestrella televisiva. Su caída en desgracia lo dejó sumido en alcohol, apatía y autodestrucción. Desde su mansión en Hollywood Hills convive con Todd, su compañero de piso sin rumbo, mientras intenta relanzar su carrera mediante unas memorias que escribe junto a Diane, su ghostwriter.
Lo que podría haber sido una simple sátira del mundo del espectáculo se convirtió en un retrato devastador del vacío emocional, del autoengaño y de la necesidad de redención.
La serie no solo construyó a un protagonista inolvidable. También desarrolló personajes secundarios complejos, capaces de sostener capítulos enteros sin depender de BoJack. Ese entramado emocional, sumado a episodios experimentales que se colaron entre las mejores piezas televisivas del siglo XXI, la convirtió en un fenómeno narrativo difícil de igualar.

Aunque BoJack Horseman terminó con un cierre digno y aplaudido, el ruido mediático de otras grandes producciones eclipsó su legado. Hoy, cinco años después de su despedida, la serie sigue siendo un recordatorio de hasta dónde puede llegar la animación cuando se atreve a mirar de frente aquello que la televisión suele esquivar.
Sus seis temporadas continúan disponibles en Netflix. Y cada una de ellas demuestra por qué esta ficción merece volver, una y otra vez, al centro de la conversación sobre las mejores series del siglo XXI.