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4. Siete (1995)

Siete es un descenso al nihilismo puro, una película donde la moral no solo se pone a prueba sino que se desmantela metódicamente, crimen a crimen, en nombre de una ideología trastornada. Cada asesinato es un horror calculado, pero ninguno es más visceralmente impactante que la víctima que representa la pereza, un hombre permanece vivo en un apartamento en ruinas durante un año, y su cuerpo esquelético es un testimonio de una crueldad implacable. Cuando de repente se queda sin aliento, no son solo los personajes los que retroceden horrorizados, sino también el público, confrontado con un nivel de sufrimiento que parece casi inimaginable.

Sin embargo, incluso este momento palidece en comparación con el infame clímax de la película en el que Fincher da el golpe final y desgarrador: la cabeza cortada de la esposa del detective Mills. Ese no es solo un puñetazo en el estómago narrativo; es la victoria final de John Doe, un momento en el que la justicia se desmorona y la ira toma su lugar. Fincher no solo retrata el mal, lo deja ganar, creando una película que no solo persigue al espectador, sino que lo deja atrapado en su implacable y sofocante oscuridad.

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